De la Marea Verde al presente autoritario: feminismos en resistencia global

Esta columna se basa en la intervención de Pate Palero (Católicas por el Derecho a Decidir – Argentina) en el Parlamento Europeo, en el marco de la conferencia sobre feminicidio organizada por el Grupo de los Verdes/ALE, marzo de 2026.

 

Intervención de Pate Paleto en el Parlamento Europeo

Marzo es, para los movimientos feministas, un mes de memoria, de lucha y de proyección política. Pero este año, en América Latina y más allá, también es un mes atravesado por una alerta urgente: los avances logrados en décadas de organización están siendo cuestionados por nuevas y viejas formas de autoritarismo.

De un caso individual a una marea colectiva

Este mes, una película argentina fue premiada en Europa. Se trata del film “Belén”, nombre ficticio de una mujer que estuvo presa injustamente en una provincia del norte argentino por haber atravesado un aborto espontáneo. Desde Católicas por el Derecho a Decidir – Argentina acompañamos esa causa judicial, que se convirtió en un emblema federal. Logramos su liberación en 2016, poco después del surgimiento del movimiento Ni Una Menos.

Al visibilizar este caso, y demostrar que muchas mujeres eran criminalizadas por eventos obstétricos que podían derivar en abortos —y que la clandestinidad solo producía muertes de mujeres pobres—, el pañuelo verde comenzó a expandirse hasta convertirse en una marea.

Tengo el orgullo y el privilegio de pertenecer a ese movimiento, de haber vivido su nacimiento y expansión, y de ser testigo de su potencia transformadora en todos los ámbitos de la sociedad, incluso en los rincones más remotos del país. Nadie pudo ser indiferente a ese debate: Argentina no volvió a ser la misma después de lo que alguien llamó “la revolución de las hijas”. 

La siembra feminista que hizo posible el cambio

Sin embargo, en las narrativas actuales —rápidas y fragmentadas—, tanto Ni Una Menos como la Marea Verde suelen presentarse como fenómenos espontáneos. Hoy más que nunca es necesario recordar que nada de esto hubiera sido posible sin una siembra sostenida: la de los feminismos, los movimientos de mujeres, las organizaciones de la diversidad y un contexto más amplio de ampliación de derechos.

Las luchas contra la violencia femicida y por el derecho al aborto tienen detrás más de 40 años de Encuentros Nacionales de Mujeres. Este año ese proceso cumple un nuevo aniversario, cuando el encuentro se realice en Córdoba —la provincia en la que vivo— y se espera la participación de decenas de miles de mujeres de todo el país.

Estos encuentros no son eventos aislados: son procesos colectivos sostenidos en el tiempo. Están hechos de miles de nombres anónimos, de millones de horas de trabajo, de reuniones, de estudio, de investigación y de diálogo. Son, también, ejercicios de ciudadanía, de pluralidad y de construcción de consensos, que no siempre han sido fáciles. Uno de nuestros mayores desafíos ha sido aprender a construir política con criterios feministas en un contexto donde el poder sigue siendo profundamente patriarcal.

Cuando los derechos vuelven a estar en riesgo

Hoy, frente a las narrativas anti-género y autoritarias, ese aprendizaje vuelve a ser central. Necesitamos renovar y profundizar nuestras estrategias: ampliar agendas, evitar exclusiones y trabajar desde los márgenes del movimiento. “Dejar de cazar en el zoológico”, salir de nuestros propios debates, abandonar el “caset académico” y fortalecer la escucha popular. Volver a la palabra generadora, a la pedagogía liberadora. E ir por todo.

Como sabemos desde hace años —porque una maestra de todas nosotras nos lo anticipó—: “Bastará una crisis política, económica o religiosa para que los derechos de las mujeres vuelvan a ser cuestionados”.

Ese momento ha llegado.

Hoy nos encontramos haciendo permanentemente “control de daños” frente a una avanzada ultraderechista que convierte a Argentina en un laboratorio autoritario. Los avances que logramos —rápidos y masivos— también muestran su fragilidad.

Retrocesos, desinformación y disputa democrática

Por un lado, la violencia de género ha adquirido una sanción social, al menos en el plano simbólico, especialmente entre las generaciones más jóvenes. Hay discursos que ya no pueden sostenerse sin incomodar. Las “pibas” tienen herramientas, alertas y lenguajes para enfrentar abusos y desigualdades, y han ampliado su capacidad de decidir sobre sus cuerpos y sus vidas.

Pero esto no significa que las barreras hayan desaparecido: desandar siglos de mandatos, estereotipos y tradiciones es una tarea aún en curso. Y las amenazas son cada vez más visibles.

Enfrentamos el vaciamiento de políticas públicas, el desfinanciamiento de la salud sexual y reproductiva, la ausencia de insumos básicos y el desmantelamiento de equipos de acompañamiento. Al mismo tiempo, se multiplican las narrativas que estigmatizan y desacreditan al feminismo. Este ataque no es casual.

El feminismo incomoda porque cuestiona la desigualdad, promueve la justicia social y se organiza colectivamente. Pero lo que está en juego es aún más profundo: se busca desacreditar el sistema democrático y el paradigma de derechos humanos.

Esta ofensiva se sostiene, además, en un aparato de desinformación que incluye trolls, fake news y manipulación sistemática. Se desacredita por igual a sindicatos, a la ciencia, a la educación y al periodismo independiente. El proyecto de sociedad que se impulsa es profundamente excluyente: una minoría privilegiada y grandes mayorías privadas de derechos.

Sostener la vida, sostener la resistencia

condiciones materiales cada vez más precarias: crisis económicas, sistemas de salud colapsados, sobrecarga de cuidados, aislamiento y múltiples formas de violencia. Y aun así, no nos han vencido.

Seguimos siendo una piedra en el zapato. En las escuelas se exige educación sexual integral; en los sindicatos crecen las agendas de género; en las universidades se sostienen espacios de pensamiento crítico; en la cultura emergen nuevas voces; las niñas recuperan espacios de libertad; incluso algunas comunidades religiosas comienzan a cuestionar prácticas excluyentes. Pero no podemos fragmentarnos. La respuesta debe ser creativa, integral y global.

Memoria y alianzas frente al autoritarismo

En Argentina, seguimos encontrando inspiración en las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo. Su lucha no solo buscó justicia: redefinió la política, desafió los mandatos de género y enfrentó uno de los regímenes más violentos de nuestra historia.

Por eso, en este mes de marzo —y especialmente en el marco del aniversario del golpe militar del 24 de marzo de 1976—, la memoria no es solo recuerdo: es una herramienta política. 

Voy a cerrar con una advertencia que hoy resuena con fuerza:

No caigan en la trampa: la ultraderecha vino a destruirlo todo. Nosotras venimos de ese futuro. 

Unamos, la lucha feminista en una alianza global. 

Frente al fascismo, el racismo, el colonialismo y todas las formas de violencia: ¡Nunca más!